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Homenaje Póstumo

Al Artista Edwin Cantillo Castro.(Set/1939 - feb/2009)
VII Aniversario
 

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Adiós Edwin Cantillo por Otto Apuy PDF Imprimir E-mail

Una llamada telefónica nos informo de que el pintor Edwin Cantillo había fallecido. Según su deseo de silencio, pidió que no le avisaran a nadie de su próxima muerte, ni de su entierro y cremación.

Conocí a Edwin Cantillo cuando vivía en San Ramón de Tres Ríos, en la montaña que ya no lo es, puesto que esta llena de pequeños condominios. Era el ano 1980. En ese tiempo pintaba Cantillo una serie de obras geométricas que recordaban vitrales de influencia victoriana, por la manera en que utilizaba la luz y la geometría. Pintor-pintor, es decir había adoptado cierta bohemia y técnicas de los maestros europeos. Era casi un auto-exiliado. No era imitación de actitudes, lejos de parecerlo, sino que su filosofía era coincidente ante el enfrentamiento con la tela, con el espacio vacío; las armas, tan sutiles y minimalistas, como un pincel, un tubo de oleo, aguarrás y aceite de linaza. Era decir, se aislaba de un mundo y penetraba en el que era feliz y desconcertado con las aristas, como si estuviera dentro de un gran caleidoscopio.

El taller del artista de la montana, comenzó a ser visitado por otros creadores, nacionales y extranjeros. Desde Rafa Fernández, hasta otros menos famosos entonces. Todavía recuerdo a Wilfredo Leyva y Perez de la Rocha de Nicaragua, a Tabo Toral de Panamá, a Gerardo González y Disifredo Garita, aun estaba vivo Berrocal, Carmen Santos, Carlomagno Venegas y muchos otros, músicos e intelectuales como Orlando García Valverde y Juan Carlos Flores, Nelson y Flor Brenes En esos días compartíamos las delicias de la cocina de su esposa Yolanda Mendoza, y las melodías y sonatas que se mezclaban entre los cipresales y los ladridos de un perro llamado Tiziano, que había que medir antes donde estaba, porque había que correr hasta la puerta precavidamente.

 

Todos sus hijos eran muy pequeños y habían crecido entre los olores de los óleos y las telas tensadas. Muchos de ellos escucharon las charlas amenas sobre arte, música y literatura. Tales reencuentros propiciaban en la montaña, entre las brumas y el café, muchas pinturas y exposiciones y se entremezclaban los sueños de cada uno.

Durante casi una década, la ruta a su estudio era casi obligatoria para muchos artistas que venían a San Jose; sin quererlo, Edwin se abrió a cierto mundo sin salir de su casa, aun del perímetro de su sala. El artista tenia la leyenda de que huía del mundanal ruido, y se había refugiado en la pintura, de tal manera que la vivía intensamente. No era un artista que gustara de exponer en sitios públicos, pero había algo que le impedía hacerlo o confrontarlo. Mucho se insistió en una exposición individual, y ademas se hizo alguna muestra en algunas galerías.

Lo que hacía a Edwin pintar era una lucha terrible contra un pared muda. Es decir, aplicaba su filosofía contra reglas tan estrictas como la esfera y el cuadrado. No se podía ser gratuito y elevar un mundo de cuadrantes infinitesimales, y aplicar el color como un compendio de la vastedad y de la incredulidad de sus emociones. Esta era la obsesión que mostraba, cuando pintaba autoretratos y laberintos colocados como si fueran cuadros. El artista sabia contra lo que se enfrentaba y llamaba la atención sobre la atmósfera de soledad y suspención. La soledad entendida como hombre y contexto, como el artista dubitativo, interrogativo, frente a su ventana. Como una búsqueda que es un viaje y del cual ya no se regresa. Adiós querido amigo. Messie de la montaña, encontraste el sentido de tu existencia en la pintura como un cubo metafórico, en el cual permaneces inalterable. Yo sabía que tu ausencia era el silencio de los espacios, la luz tenue de la montana de San Ramón de Tres Ríos.

Otto Apuy. Febrero 2009

Última actualización el Martes, 06 de Julio de 2010 17:17
 
 
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