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Homenaje Póstumo

Al Artista Edwin Cantillo Castro.(Set/1939 - feb/2009)
VII Aniversario
 

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EL MONSIEUR ANALÍTICO DE LA MONTAÑA PDF Imprimir E-mail

EDWIN CANTILLO CASTRO

 

"Todos sabemos que el arte no es verdad, el arte es una mentira que nos permite alcanzar la verdad, por lo menos la verdad que nos es dado comprender".

George Bracque.1

 

EL MONSIEUR ANALÍTICO DE LA MONTAÑA

Del cocal a los cafetos.

 

Hacía calor en aquel verano interminable de Limón, donde la lluvia se evapora tan pronto como se la necesita. Una poza con gupis-azul-anaranjadas atraía a los chicos Cantillo, Edwin y su hermano Gilberto un año menor, disfrutaban de la magia del color, mientras las guayabas colgaban silenciosas en derredor, advirtiendo el milagro creado por la fantasía infantil. Cerca una montaña abría sus entrañas a la búsqueda y un riachuelo con arenas de oro prometía riquezas a los ambiciosos chiquillos que en su afán llevaron la que pudieran a su casa, para descubrir semanas después que no tenía valor. Edwin Cantillo Castro cuyo padre se llamaba exactamente igual, nació en Limón, el 14 de setiembre de 1939, un día antes de la celebración de independencia, desde chico mostró predilección por la naturaleza, respeto y asombro que nunca termina.

Sin ser ambiguo, su vida transcurre en dos mundos; mar y meseta, cocal y cafetos; abuelas y padres; ritos católicos y pocomías africanas.

El contraste visual y emotivo aumentaba cuando por un lado, su madre Socorro dibujaba cruces en limones agrios murmurando alguna oración, y por otro, su padre, contador de profesión, hacía filas, ordenadas de números en papeles cuadriculados.

Un mundo bullicioso era su entorno, espectacular, por los ferrocarriles para los que su padre laboraba; la fuerza colosal y la belleza de las locomotoras, las campanas brillantes el alborozo de los viajantes, el motocar, los marañones, las oficinas llenas de máquinas de escribir y de calcular, Orotina, los puentes con líneas negras entrelazadas, Moín, los túneles interminables y misteriosos, el mar susurrante y autoritario . . .

Fue un tiempo dulce y cálido, pleno de historias contadas en la noche por la bisabuela chorotega que liaba con paciencia cigarrillos amarillos mientras de su boca emergía el cadejos, la segua, la bruja zarate, interrumpidos sólo por el humo en bocanadas que inundaba el espacio.

Mezclaba de manera dichosa la leyenda pagana con la bíblica, relativizando lo real fantástico de la tradición cristiana e indígena.

El padre era amable y tranquilo, pero la madre siempre conquistó el misterio por su fama de tener "poderes mágicos" que le permitían, según sus vástagos, desde adivinar el futuro hasta curar a un enfermo.

El recuerdo más presente era verla esparciendo incienso por todos los vértices de la casa invocando las fuerzas positivas del universo.

La historia oral se transforma merced a cambios socio económicos en escrita, la familia emigra para sobrevivir, el padre viaja a los bananales a trabajar mientras los hijos trabajan en diversas tareas, y dejan sus estudios momentáneamente.

Edwin, el mayor de los cinco hermanos conoce a un hombre en esta época que lo introduce al conocimiento de Marx y Engels, música y filosofía. Miguel como se llamaba desaparece pronto sin aviso, tal y como se había presentado.

Su estímulo llevara a Edwin a enriquecer su tradición oral con otros valores, en su adolescencia, Verne, Salgari y Twain invaden su mente y espíritu con el Nautilius, El Corsario Negro y Tom Sawyer. Por ese tiempo 1953 las matemáticas y la física le empiezan a interesar mucho, ingresa al Liceo de Costa Rica, donde la camaradería se mezcla con una sensación de libertad heredada de la infancia.

El reposo de lo horizontal que se dibuja en la lejanía del océano le inducía a la quietud y el éxtasis. La fogata piramidal que iluminaba el campamento tenía para sus ojos y espíritu una atracción casi mágica. La frecuencia con que participaba en giras campestres se acentuó e igualmente su sensación de libertad y plenitud interiores.

Edwin recuerda que a sus 16 y 18 años, "la vida se me presentaba como todo un regalo, un regalo que quería apreciar y sentir hasta lo más profundo, fue entonces cuando conocí por primera vez el amor".

Ella era blanca, delgada, ojos pardos profundos. Le escribía sonetos cursis y se perfumaba mientras los tangos y los boleros creaban una atmósfera idílica.

Por entonces, muere su bisabuela cuenta-cuentos dejándolo sumido en silencios y depresiones, que sólo serán olvidados por la práctica de la pintura, y renovados por la muerte del padre hacia 1973.

Haciendo un gran esfuerzo económico Edwin Cantillo padre le paga en 1956 estudios sobre dibujo arquitectónico. Los compases, la regla "T" y los escalímetros se convirtieron en nuevos brazos y piernas.

Un nuevo suceso más determinante para su carrera plástica ocurrirá dos años después cuando tras obtener una plaza en la Junta de Prolección Social como "contralor de tiempo" es trasladado al departamento clínico del Hospilal Siquiátrico Chapui como "sicometrista".

Lo que allí ocurría difería profundamente de su infancia y adolescencia sin embargo, la confusión y el dolor, la angustia y la soledad le fascinaron. "Los laberintos de la mente, emoción y espíritu, se me antojaron líneas misteriosas e indescifrables".

Las pruebas sicológicas que con fines de sicodiagnóstico aplicaba en el siquiátrico le familiarizaron con elementos visuales como el número y la curva de Gaus, así como el test de Rorschach.

En su período formativo, este test fue determinante porque estimulaba la visión del paciente con manchas que ofrecían amplias posibilidades de respuesta. La simetría manifiesta en sus láminas, las manchas fortuitas y casi expresionistas, así corno su uso para proyectar cierta vida interior que mejoraba el conocimiento del ser humano determinan al futuro artista. Rorschach asigna, además, una vital importancia a la respuesta que se vincula con el color, la forma, el todo con el detalle, la luz y la sombra.

Edwin Cantillo ya tomaba tiempo de su trabajo en el nosocomio para pintar, cuando un médico amigo recomienda esa tarea como terapia recreativa en 1959. Observa con curiosidad a los internos disponer de pinceles y pigmentos sobre una tela que se convertía a veces en expresión de su interioridad.

Su interés llegó a superar en entrega a su profesión, por lo que a menudo le llamaban la atención en el hospital.

Lo que al principio obedecía a un "escape" se convierte, poco a poco, en una necesidad ligada a un conocimiento del arte abstracto. Alimentado por lecturas críticas de Freud, Adler, Jung, Jaspers y Fromm, entre otros, declara "lo invisible en el hombre es el aspecto primordial para entenderlo; su mundo interior va más allá de su célula y su corriente sanguínea; su espíritu no se reduce a una pierna, a un delirio o a una compulsión".3

La aceptación y la confrontación de "lo que somos" es imprescindible para crecer internamente de lo contrario -admite Edwin- si se insiste en querer "representar" lo que "no somos", vamos a obtener infelicidad.

Sin percatarse totalmente de ello, Edwin Cantillo abona el camino para abandonar la práctica sicológica y dedicarse al arte, pero pasará aun algún tiempo, en este período que llamaremos formativo.

En el mismo produce obras que más tarde le parecerán "insulsas y pobres", jugando entre tendencias como el realismo y el estilismo, continuamente asediado por el recuerdo de la costa y la montaña en libertad.

Primero, opta por escapar algunos días a una casita con fuente y árboles en Sabanilla de Montes de Oca que alquila con algunos pintores como Cecilia Amighetti, César Valverde, Carlos Salazar Ramírez y el doctor Rafael Ruano.

Entre 1967 y 1969 pinta allí algunas temporadas mientras mantiene una familia compuesta de su esposa y tres hijos, crece inexorablemente lo inevitable, como luego recordara. "Abrupta y absolutamente convencido de lo inútil de mi lucha por continuar manteniendo una conducta y una situación ambiguas, opté por escoger la supervivencia de mi espíritu. Aunque el precio era enorme (respetaba mi profesión, amaba a mis hijos, quería a mi esposa) algo especial e inexplicable decidió que abandonara todo eso a cambio, aparentemente, de muy poco".

1969 fue el año de decisiones y necesidades, (irán parte del mismo lo pasó buscando medios nuevos de subsistencia, entre ellos la joyería, hasta que se instaló definitivamente en San Ramón de Tres Ríos, al noreste de la capital.

La práctica de la pintura ocupaba para entonces un 50 °/o de su tiempo, dedicando el resto al estudio de los maestros, especialmente Rembrandt y Velásquez. Del maestro holandés del siglo VXII toma para su análisis el papel protagonista concedido a la luz y los efectos del tenegrismo, la pincelada empastada, y el tono intimista. Mientras en el español aprecia la pincelada suelta, el dominio del toque justo de color, la perspectiva aérea, la profundidad lograda a través de la luz, la penetración sicológica y la composición equilibrida. No debe resultarnos extraño el cariño que Cantillo siente por estos maestros, y aun más por el Caravaggismo, iniciado por el pintor italiano Caravaggio que influyó a Rembrandt y Velásquez, especialmente. El mismo se ocupaba esencialmente de lo humano, material e inmediato.

Su lenguaje es durísimo y trágico, gustando de los modelos populares, empleando contraluces violentos. Con ellos Cantillo se acrecenta mientras "el olor del óleo, la chispa de los colores aprisionados en tubos, los pinceles limpios . . . todos esperaban mi entusiasmo y mi búsqueda".

En esta evolución su vida se ve sacudida nuevamente por el fellecimiento de un familiar entrañable. Su padre muere en 1973, mientras Edwin, llegado a este punto, sufre una especial transformación. Ocurre a nivel personal una especie de ceremonia donde su ofrecimiento diario pretende justificarle como hijo. "Su muerte me dolió mucho; él estaba muy unido a mí y su deceso me llevó por síntesis a considerar que la muerte induce a buscar la vida en el arte, sobre todo, el orden".

Esta ofrenda perdura en la religiosidad con que el artista concreta su expresión abstracto-geométrica en sus telas, cada día de su vida.

Ayudado por su nueva compañera Yolanda, inseparable desde 1969, aumenta su aislamiento físico por dos razones:

1) Una íntima.- búsqueda de identidad a través del retiro y la meditación.

2) Una profesional.- conquista de la disciplina en su quehacer para estudiar y trabajar.

Su ruptura con el medio físico urbano costarricense se extiende de 1970 a 1980 y en el curso del mismo pasó de un período formativo a otro más maduro, donde admite que su yo interno no está aun plenamente reflejado.

"Yo no creo que un ser humano para hacer lo que tenga que hacer deba ir a la luna, a Panamá, o New York; considero que el que quiere hacer algo lo va a hacer en San Ramón de Tres Ríos o en el cuarto de su casa siempre que tenga disciplina, conocimiento y entrega total".

Las palabras siguen a una obra que asienta contundentemente un proceso honesto de evolución plástica y por ende, humana, que una revisión de sus ciclos pictóricos puede ilustrar.

 

Última actualización el Sábado, 03 de Septiembre de 2011 00:56
 
 
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