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Homenaje Póstumo

Al Artista Edwin Cantillo Castro.(Set/1939 - feb/2009)
VII Aniversario
 

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Narración. Dr. Rafael Ruano PDF Imprimir E-mail


Narración corta de experiencias alegóricas por el Dr. Ruano, viejo amigo de Edwin Cantillo, durante años en que compartieron.

Corría el año 1972. Cuando estaba pasando por una crisis cualquiera, me iba a la casa de mi amigo pintor. Edwin estaba un poco loco pero siempre lo pasábamos bien. Era una casa humilde dentro de un par de manzanas en San Ramón de Tres Ríos. Vivía de la pintura; sus lienzos reflejaban su inestabilidad mental y por eso a la gente le gustaban. Nos veíamos poco, pero nuestra amistad había soportado la prueba de los años. Para poder tener amigos por muchos años es necesario no verse muy a menudo. El uso constante acaba gastando todo, incluyendo la amistad. Como siempre, se alegró de verme. En su estudio, nos sentamos en el suelo y nos tomamos un trago de ginebra. El olor a pintura de óleo y a aguarrás siempre estimulaba las tendencias existenciales de ambos.

Le conté que estaba pensando en casarme y que había sido algo así como amor a primera vista porque no teníamos mucho tiempo de salir juntos. A mi amigo le pareció lo más cómico que había escuchado en su vida. Gritó y se burló cruelmente de mí.

Rafa, me parece formidable lo que me cuentas. ¡Así que fue amor a primera vista!… —En este punto de su perorata casi se ahoga al atragantársele un poco de ginebra—. Pues la mejor cura para eso es abrir los ojos y mirar dos veces. Ten cuidado porque los amores a primera vista se dan más fácilmente cuando uno de los dos es miope, pero no te preocupes porque todo se arregla con anteojos y tragos más potentes.

Bueno, por lo menos la visita lo había hecho pasar un buen rato. Cuando recobró un poco la sensatez, se acomodó varias veces su boina de pintor. Cuando se disponía a decir algo que él consideraba interesante, se acomodaba la boina, se echaba un trago y tocaba los brazos o los hombros de las personas con sus huesudas manos. Era su forma de decir “ponme atención”. Era similar al gesto del conductor de orquesta que levanta la batuta para que todos se preparen:

Edwin —protesté—, te estoy contando algo importante para mí. ¿Por qué te tomas a broma todo lo que te digo?

Rafa, la fantasía y la imaginación nos ayudan a compensar por lo que no somos, el humor nos consuela por lo que somos. Estás muy tenso. ¿Qué te pasa? Tomaste la decisión de casarte. Se supone que debes estar feliz y contento.

Por eso vine, precisamente —dije—. Se supone que debo estar feliz y no lo estoy. Iris está embarazada, pero creo que eso no tiene nada que ver con mi decisión. No sé… vine a pedirte tu consejo.

No te voy a dar consejos —me contestó—, porque las personas que siguen los consejos de otros terminan cometiendo los mismos errores. No hay nada más fácil que dar un mal consejo y nada más difícil que alguien siga un buen consejo. El amigo más cercano es el que tiene la boca más cerrada. El argumento más convincente es el silencio inteligente, pero también tienes que ser inteligente para interpretar el silencio. Respeta y comprende mi silencio. Es sabio saber cuándo se debe uno callar. Por eso, si después de pensarlo mucho decides seguir adelante con tus planes, solo te voy a desear que seas feliz el mayor tiempo posible. ¡Punto final!

Tienes que venir a la boda —le dije.

Mi queridísimo Rafita —me contestó—, yo te felicito muchísimo, pero no voy a bodas porque una boda es un funeral en el que podemos oler nuestras propias flores y los funerales me ponen triste… No, miento… lo triste no es ir al cementerio, lo triste es tener que quedarse allí —hizo una pausa para echarse una sonora carcajada—. Además, cuando era joven solía ir a muchas bodas. Cada vez que salía de la casa mis dos tías me decían que yo iba a ser el siguiente, pero dejaron de hacerlo cuando en el funeral de una de ellas yo le dije lo mismo a la que quedó viva.

Después, como siempre, se rió durante varios minutos y me plantó un par de besos babosos. Edwin estaba cada vez más loco, pero destilaba afecto, aceptaba a sus amigos pasara lo que pasara y esas son cualidades muy raras de encontrar. Era el lunático más inspirado y más cariñoso que existía.

Ven —me dijo Edwin—, vamos a comer un gallo pinto. Espero que haya quedado bien. ¡Mi mujer es tan mala cocinera que en esta casa todos rezamos antes de cada comida! Más carcajadas y más besos que yo trataba de evitar a toda costa.

No había más remedio que reírle sus ocurrencias. Salimos abrazados del cuarto a buscar a su esposa, Yolanda, a ver si nos calentaba el gallo pinto con tortillas.

Tomado de la novela de Rafael Ruano “Cuando mueren las luciérnagas”

Editorial UCR, 2010

 

Última actualización el Lunes, 03 de Febrero de 2014 16:03
 
 
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